Que tarde que es.
Arrecostado, doy bocanadas de humo, mientras la abrazadora madrugada avanza luciendo su luna llena. El momento está paralizado y no hago caso a mis sentidos. Quieto, me transporto. No estoy aquí. A lo lejos un eco trovador me empuja hacia el inconsciente más inexplorado. No quiero saber mi destino, yo mismo puedo cambiarlo. El aporreo de cuerdas y cantos abren mi mente, como pariendo un grito espectral, silencioso: un alegre sollozo acompañado de un murmullo melancólico.Robo palabras que se plasman en mi frente, frases que me dan las alas más poéticas. Veo oleos de mujeres, sombreros y paisajes estrellados en los que el momento más insignificante se convierte en la historia más bella, valiente y conjugada que jamás se haya contado. Veo como edificios coronados de cruces buscan desesperadamente ser aplaudidos y alabados como antes, pero las manos que las rodean no hacen más que hacer temblar sus profundos cimientos. Viejos amantes que como la primera vez se zambullen en en un erótico caldo de pasión. No es momento de hacer preguntas, es momento de poetizar la prosa y curarse a besos el alma. La humanidad, dormida, se revuelca en pesadillas de cerdos dominantes: inquietos buscan la manera de despertar con un grito de revolución amorosa.
Que descanse el que goza sólo de la luz del sol, navegante estelar castigado a su rutina. Que descanse el inconsciente, quien no sabe entregar su corazón. Que siga soñando el que mañana debe salir a sudar su pan, a enfrentar la prehistoria más convulsa y asfixiante. Duerman, que los necios seguimos agitando, estamos despiertos, trazando caminos, robando besos, añorando amanecer con un suspiro al lado.
Se acabó el cigarro.
Se acabó el cigarro.