5 de julio del 2015
La soledad es una delicatessen, costosa pero sabrosa. El problema con lo gourmet es que a pesar de su excelencia, no siempre puede aprovecharse y su acceso es limitado. Su abuso puede traer consecuencias económicas pero en este caso, de personalidad -aunque la primera no se descarta-. Por ejemplo, en este momento estoy frente al mar, bajo un almendro, la calle principal a mis espaldas, y guardo el temor de ser asaltado, que no sé si es prudencia y exageración. Quien sabe si acompañado al menos disimularía más esa sensación o me sentiría menos inseguro tal vez, así que un costo extra se paga. Esto es sólo para ilustrar una caricatura algo más menos nostálgica y más superficial.
Huele bien, huele a mar salado que se estanca luego de que la marea baja en la madrugada. Huele a despedidas también, de quienes conocí y probablemente no volveré a ver, porque aunque la voluntad la derrote- querer es poder, dice-, la distancia corroe los encuentros que el universo nos depara. No siempre es cierto, y por eso elevo la voluntad como heroína de esta historia.
Hoy mismo la vida vuelve a ser la misma. Llegado a casa debo limpiar el baño, hacer lavandería, ver a la abuela, llamar a los padres, deshacer la maleta de escape y dormir temprano para madrugar en el trabajo, como un humano más. Pero ahora no, ahora huele bien, huele rico, a misión cumplida, a cana al aire. Las gaviotas están sumergiéndose en el agua empozada, esperando lo que les depare hoy la marea, igual que yo todos los días, víctima de mis circunstancias y lo que me rodea. Pero estoy en mi charco, en mi mundo, dando un ligero sorbo a la catarsis.
Escucho el sagrado inspirar del viento, el aspirar del mar, el baile de las hojas y el caer de los frutos como si fuera parte de ellos. Quien me lea pensará que así las cosas, ¿quién quisiera regresar? Pues yo. Soy prisionero de mi cotidianeidad, rehén del síndrome de Estocolmo, donde mi secuestrador soy yo mismo. Voy de vuelta a las risas de siempre, los silencios placenteros, las cosas conocidas -algunas desconocidas-.
Voy a la ciudad y luego a la montaña como el ermitaño que soy, a barajar las cartas para mi nocturno juego de solitario, dos, tal vez tres. A escuchar la música de siempre, que no me agota. A ver como me decoloro, lentamente como un árbol que no crece si lo miraran por tímido, pero que crece, buscando el sol, buscando luz. Voy a enmendar errores para caer en otros nuevos, que de eso se trata la vida.
Pero ahora no. Ahora, solo huele rico.
