miércoles, 18 de enero de 2017

Y nada más

Tengo una urgente necesidad de decir muchas cosas, unas tiernas, otras difusas.
Me decís que ando distante y disperso. Que hoy no calzo en este verso.
Llevan razón de observadores, aquellos que de mis entrañas son conocedores.
Y si dos veces me preguntás si estoy bien, dos veces miento, a veces hasta cien.
Porque no quiero ver más en vos mi elección de traducir en sufrimiento el dolor.

¿Y qué si me siento mal? ¿Y qué si exploto en una rabia de sal?
¿Si me dejo podrir por la enfermedad del corazón, o me dejo morir en altamar?
Que ya no voy a remar por alcanzar lo que no sé si es real.
Me abandonaré a mi soledad, cálida indecencia de lobo animal.
Y nada más,
que el tiempo no para,
hasta llegar al final.

lunes, 9 de enero de 2017

Tengo un secreto

Flota en mis manos un secreto soñado y ajeno.
Es un silencio sin nombre, tímido, penetrante.
Su mirarda indirecta evita revelarme verdades
que oculta entre arbustos de dedos y uñas,
unas serias, otras sucias.

Desafinada entereza de innecesaria elegancia
cruza por las palmas sudadas.
Y yo me derrito en ansias, mirando,
cuestionando lo que tengo y lo que hallo.

Sufro un temor latente de abrir el cerrojo de mis manos
y ver volar el tesoro que te escondo.
Me derramo en rezos torpes, para todos y para nadie
evitando tropezar en el conocido abismo de la duda.

Siempre habrá ese nuestro lado explosivo
Sediento de roces de pieles y susurros al oído
Lo recuerdo con cada saludo y todas las despedidas
Y luego lo olvido, se me va, hasta verte al otro día.

Querido e impermanente secreto
Sueño ajeno pero compartido
Dejame llevarte de las manos al pecho
Para mostrarte lo profundo que en mí has sido.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Les quiero contar algo que me pasó ayer...

Llegué a mi casa después de tomarme unas birras en mi lugar habitual. Bajo el alerón de la entrada al edificio de mi apartamento, duermen todas las noches unos muchachos y no tan muchachos que han estado en la calle toda su vida. No conocen un patio trasero donde buscar sapos, ni una ventana en la habitación por donde ver la calle del barrio, ni una puerta donde guindar la corona de Navidad (¿la gente sigue haciendo eso?). Pero en fin, ellos no necesariamente ven el vaso medio vacío. A veces pasan hambre y frío, pero siempre los veo vacilandose unos a otros ahí, medio cobijados entre sábanas requete usadas y pedazos de cartón que les dan en las bodegueras de Paseo Colón para calentarse de noche.

De estos personajes, a dos les hablo con regularidad. Gabriel y Miami. Gabriel va y viene. Se desaparece por algunos días y luego reaparece de nuevo una noche debajo del alero. Nunca se acuerda que nos conocemos, así que se sobresalta cada vez que los saludo de nombre. Miami sí tiene mejor memoria, y cada vez que llego a la casa luego del trabajo, ahí está, esperando ganarse algo de las personas que dejan el carro estacionado en Calle 22. Me saluda sonriendo y yo a él. Le pregunto "Qué Miami, ¿cómo va eso?" y siempre me contesta "Di compita, aquí siempre en la lucha, todo fluye, todo fluye..."

De vez en cuando tengo que bajar a la pulpería a la vuelta del edificio a comprar algo para cocinar o algún antojo nocturno diseñado para animales nocturnos como yo. Así pues, ayer me dí a la tarea de bajar un momento a comprar una barra de mantequilla para preparar una sanas verduras para mi cena y almuerzo del día siguiente (estoy substituyendo la proteína de la carne por cosas más saludables, no me juzguen, es la edad).
 
Yo ya he sido testigo de algunos momentos de tensión bajo ese alero. Estos vecinos pueden ser muy tranquilos, pero la calle es la calle, y Chepe de noche no perdona. Una vez, vi cómo Gabriel ponía el cuerpo entre otro piedrero y la acera, pues este visitante llevaba un punzón en la mano y se prestaba a asaltar al primero que saliera del edificio. Gabriel no se lo permitió, y le gritaba que dejara en paz a sus vecinos que tanto le ayudaban y lo dejaban dormir bajo ese techito, como le dice él. La escena fue complicada, principalmente porque dos agentes de la Fuerza Pública pasaron a la par y siguieron de largo. Me imagino que para ellos es más fácil dejarle al OIJ que levante un cuerpo a involucrarse en la pelea entre dos muchachos de la calle. Malditos puercos.
 
En fin. Cuando salí del edificio, a mi derecha estaban Gabriel y Miami con algunos de sus amigos callejeros, en una especie de reunión algo seria. No estaban en el vacilón de siempre, ni estaban preparando las pipas y la piedra para dormir como angelitos esa noche. Uno de ellos se veía muy serio, tratando de decir algo que se le atoraba en el pecho. Miami levantó la cabeza y me saludó efusivamente desde su rinón, y yo lo saludé de vuelta. Compré mi mantequilla, y por qué no, pedí un paquete de cigarrillos Derby Suave, para invitar a mis compitas a un cigarro.
 
Llegando al portón del edificio, seguí recto y me acerqué a ellos, ahora visiblemente más afectados. Gabriel abrazaba a otro que lloraba en su hombro. Yo que no soy curioso ni metiche, no pregunté qué pasaba. Miami me vio acercarme y se incorporó, saludándome sin reparos. Yo lo saludé con efusividad y Gabriel y su amigo se separaron. Les ofrecí a los tres un cigarro, y los tres aceptaron, muy agradecidos en una noche fría de diciembre. Yo dejé de fumar, así que guardé el paquete en mi bolsillo trasero mientras conversábamos.

"Mucho gusto, Gerardo Ureña", me dijo el compa que lloraba con Gabriel, primero limpiándose la cara de lágrimas y mocos, segundo extendiendome la mano. Yo se la estreché y me presenté. "¿Qué le pasó Gerardo?"

"Leo, se me murió mi papá." Me dijo mientras le encendía su cigarro. Las manos le temblaban y la voz estaba totalmente quebrada. A pesar de su situación de desposesión material, era una persona más en una ciudad dónde ya a nadie le importa nadie, no importa de donde sos o a dónde vas. "Se cayó del bus cuando iba bajando con su silla de ruedas y se puso malito. Estuve con él en el hospital cuatro días, cuando me dejaban entrar. Usted se ve estudiado y trabajador, y usted sabe como lo tratan a uno por ser de la calle. Vengo de verlo en la funeraria del Magisterio." Y empezó a llorar de nuevo.

Yo lo abracé. Olía a calle. Tenía la piel como un pedazo de cartón, sucia y áspera al contacto. Iba algo peinado con algún aceite barato, seguro para honrar a su padre con una buena cabellera. "¿Cómo se llamaba su papá, Gerardo?" "Germán. Germán Ureña. Él era mi héroe, y ahora estoy sólo, aquí en la calle. Usted se ve conocedor Leo, le digo con sinceridad que no voy a ser el mismo de antes. Ya no sé qué voy a hacer. Me siento mal. Siento mi pecho partido en dos. Sinceramente Leo, me quiero morir".

Miami bajó la cabeza, empático. Se hizo un silencio y todos se me quedaron mirando. Y ahí me di cuenta, de que todos me vieron como un igual. Eso, viniendo de vividores de la calle, es decir mucho, porque no somos iguales. La sociedad nos hace diferentes, nos cría diferentes, y nos mata diferentes. Ayer me sentí de la calle, con ellos, bajo el alero del edificio de mi apartamento, que por un momento ya no era mío. Me senté con Gerardo, saqué los cigarros y volví a repartir otro para todos. "Qué putas", dije en voz alta, y encendí un cigarro para mí. Y fumamos, viendo Paseo Colón sumergido en el pesado tránsito de las fiestas. Estuvimos los cuatro en silencio, Gerardo, Gabriel, Miami y yo.

Acabé mi cigarro, me levanté, y le dije a Gerardo: "Vea viejo, yo no le voy a decir qué hacer. Entiendo que se quiera morir, yo me he querido morir también. Sentirse así es muy fácil, especialmente cuando las varas se ponen cuesta arriba. Pero de todas las cosas que su papá le enseñó, su héroe, estoy seguro que ninguna fue rendirse. Si no, no lo hubiera conocido hoy. No hay que sentirse bien para echar pa'lante. Gracias por dejarme fumar con usted Gerardo, voy a tenerlo en mis pensamientos, y a don Germán también. Que descanse en paz."

Gerardo me volvió a abrazar. Le regalé otro cigarro a todos, me despedí de Miami y Gabriel con un "se cuidan viejitos", a lo que Gabriel me contestó, como siempre preocupado: "¿Por qué, me va a pasar algo?". La puta paranoia de la calle. Subí a mi casa, me serví un whiskey y abrí una cerveza, y me jumé pensando en Gerardo y su papá Germán.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Me encontré

La mayoría del tiempo estoy hablando conmigo mismo,
soñando despierto.
Me encuentro rodeado de gente que espera con ansiedad que responda,
y muy delicadamente escojo mis palabras,
tratando de relajarme y terminar de convencerme
de que la sinceridad enamora,
se agradece,
hasta divierte.
No toda la sinceridad, sino la sinceridad censurada.
Casi mejor decir lo que sí queremos decir, como sin querer admitirlo.

Y así zafamos y espantamos a la mayoría de nuestras intervenciones cotidianas...
al menos los que vivimos obsesionados con que nuestro entretenimiento
reciba su debida atención.
Los ojos clavados en nuestra cara esperando reacción,
ojalá inmediata, inesperada.

Sigo soñando,
levanto la mirada para abrir la boca y comenzar,
con mi humilde elocuencia,
la mejor manera de retorcer las frases y recibir un buen visto.
Y cuando termino, estoy sentado,
solo,
nadie me escuchó. El momento se perdió.
La conversación, absolutamente presente en mi cerebro
      hace unos segundos,
se esfuma por mis orejas y mi nariz y mis ojos.
Ya no soy el que quería ser para ese momento,
me estanqué de nuevo en la realidad,
y una chispa de genialidad se la llevo el viento.

Podría considerar un rato que pueda existir otro yo.
Mi yang, o mi ying.
Cualquiera de los dos, ¡sorpréndanme!
Ambos nos necesitamos.
Uno para escuchar y otro para ser escuchado.
Uno para odiar y el otro para ser odiado.
Uno depredador, el otro agasapado.
Uno guapo, el otro medio apagado.

¿Qué puedo hacer yo por este o el otro yo?
Por más fuerte que se agita el espíritu, más débil se queda,
y no todos somos tan macizos.

No podemos evadir esa única realidad:
el espíritu solo se libera con la mente.
      O la muerte.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Bajo calibre




Acostado en su cama rememoró el día.

La mañana había comenzado soleada. Vio el amanecer, como de costumbre por su desvelo, a través de su amplia ventana departamental, que tiene tres agujeros de bala, probablemente de un arma pequeña de bajo calibre. Siempre habían estado ahí, observando desde el balcón la multitudinaria calle de Paseo Colón.

Sonó su innecesario despertador. Lo apagó y se incorporó, serio como un árbol de esos grandes y de expresiones longevas. Sentado en la cama vio como el rótulo neón de Movistar se encendía a la distancia, iniciando su ajetreado día de publicidad hipnótica. El sol terminó de asomarse sobre los edificios y palmeras que rodean el Parque Central, y con él Marvin puso sus descalzos pies sobre la madera de su cuarto. Levantarse era toda una sesión terapéutica donde la realidad lo atropellaba con todas sus fuerzas.

Se levantó, desnudo excepto por sus interiores, y caminó a la ventana. Saludó el día con un movimiento de dedos a través de la cortina transparente. Arregló su cama, acomodó su cuarto, nítido como siempre. En el baño se miró al espejo. No soportaba su reflejo, y sin embrago siempre lo contemplaba hasta el último detalle. Siempre despeinado, la barba descuidada, de contextura cadavérica, tez pálida y sin gracia, y con una mirada perdida y a la vez encontrada.

Se duchó con agua fría, escapando de las acogedoras sábanas. Se puso el traje laboral, acomodó el salveque sobre sus espaldas y salió de la casa, no sin antes trancar con doble llave puerta y portón, preguntándose como todos los días si las seis de la mañana es de verdad la mañana o todavía es madrugada. "Se siente como madrugada. Relativo, supongo", pensó al salir del complejo de Apartamentos Viena. Viajó en bus, bajó en la planta, marcó su llegada y puso manos a la obra.

Produjo la riqueza que a su jefe le correspondía por su título de patrón, sin quejas, absorto en la rutina de las máquinas que como él respondían a un orden superior, un creador desconocido. Tomó su almuerzo y un café a media tarde, cruzó palabras y sonrisas premeditadas, protocolarias. Subió al mismo bus, a la misma hora que todas las tardes. Hacía buena tarde, así que decidió no sintonizar su programa de radio favorito, que últimamente parecía transmitir todo lo que podría revolcarle la bilis. Caminó desde Calle 3 por la Av. Central de nuevo al apartamento.

Al llegar fumó un cigarrillo en el balcón, observando la hora pico de Paseo Colón. Un bus había perdido su retrovisor al golpear a un colega, y el estrés de los choferes era tan denso en el aire que se podía cortar con los dedos. En su calle 22 una patrulla de la Fuerza Pública cuestionaba e intimidaba a los mismos piedreros que se la fuman a la entrada del edificio, al caer la tarde y la noche (probablemente al salir el sol también). Entró al apartamento, oscurecido por la falta de sol que ahora agonizaba al otro lado de la ciudad.

Saludó a sus Aves del Paraíso con una amarga sonrisa, recordando mil cosas al mismo tiempo. Estaban adornadas de eucalipto y el olor se fundía con la quietud de la sala. Se puso su traje casero. La misma camiseta gris, el mismo pantalón corto. Puso a hervir agua para su té de menta mientras guardaba los platos secos. Al terminar se echó a la cama, y encendió otro cigarrillo a oscuras. Pasaron veinte minutos y recordó de sobresalto el agua al fuego para el té, pero para cuando llegó, ya estaba evaporada y el pichel al rojo vivo. Apagó el gas, ya sin interés de tomar nada, y regresó al cuarto. Otro cigarro, y las memorias ahí acaban. "Mañana será igual que hoy", pensó. Y pasado mañana, y el día siguiente. Y el fin de semana se ata al siguiente lunes, y así todo se repite.

El tiempo pasa, nada cambia, y ella sigue ausente, porque él quiso, porque lo pidió entre fantasmas y demonios. Afuera el mundo continúa, en esta calle, en este barrio que es el mundo, donde nada define al hombre más que la puta plata, el smartphone y la cochina foto de perfil. Encendió otro cigarro, ahora con hambre pero no la suficiente como para hacer algo al respecto. Cada chupada iluminaba un poco el cuarto, como una luciérnaga perdida.

Un leve olor a mota se coló por la ventana abierta (algún vecino, seguro), y activó ligeramente sus respectivos receptores mentales, más por mala costumbre que por verdadera afectación. Y así flotó en su habitación, oscura a excepción de las luces citadinas y las sirenas rojiazules de las patrullas y ambulancias que ocasionalmente pasaban por ahí. El letrero de Movistar se encendía, letra por letra, y luego intermitía dos veces, un patrón conocido por viejo y por malo, peor que el cuijen reencarnado. Quién sabe cuántas veces había visto ese letrero seguir su rutina hasta apagarse por completo, cuando es más oscuro antes de que salga el sol.

Maldito mundo insensato. Apestosa rutina cotidiana. Pensó en las Aves de Paraíso, y que le gustaría que se lo llevaran volando a donde fuese, donde hubiese más flores, donde se evite el trajín de la vida.

Movistar... Movistar... Movistar...

Las letras penetraban sus inmóviles ojos, agotando su paciencia. Las luces parecían querer dominarlo. Otro cigarro. La luz neón se comportaba como una intrusa en su espacio, en su cuerpo. Entraba y salía a través de la ventana, ininterrumpidamente.

Movistar… Movistar…

"Ni mierda". Tiró el cigarro al suelo de la habitación, a medio fumar. Se puso su ropa de escape; unos jeans viejos, camisa con cuello de tortuga, abrigada, botas de tobillo recién compradas en descuento. Preparó una mochila con lo necesario -o lo que creyó necesario, no importaba mucho-. Se puso una gorra negra de años, que decía Café de Costa Rica y una jacket de mezclilla fuerte, tan fuerte como su voluntad acababa de dispararse. "Dispararse...". Todo estaba claro como el letrero. Abrió su closet, tiró al suelo lo que le estorbaba complicando el sagrado silencio de su templo privado, y encontró lo que buscaba. Su padre se la había dado. Perteneció primero al abuelo. ¿Cuántos años sin cargarse?

Localizó tres balas sueltas dentro del sobre de manila que guardó el imperturbable revólver por años. El olor a metal se colaba por sus narices, drogándolo de adrenalina. Su cerebro se despertó, parecía querer arrancarse de su cuello y andar por sí solo. El acero frío del arma se sentía bien en su piel. Sus manos recordaron inmediatamente las instrucciones de su padre, dadas hace lo que parecían añales perdidos en el fondo de un baúl. Desenroscó el cañón, abrió el tambor giratorio y empujó las balas en su lugar, una por una, ansioso y resuelto. Repitió el proceso viceversa e hizo girar el tambor como una ruleta, jugando. Volvió a girar el tambor, esta vez dejando una bala tras otra, listas. Levantó la zurda, arma en mano. Midió su pulso. Estable, tranquilo. Apuntó, sin temblor ni temor, y disparó.

Por un momento, todo se detuvo. Sólo un momento. No hubo otro sonido más que el eco percutor del disparo contra las paredes de la habitación. El olor a pólvora era excitante, liberador.

Marvin disparó otra vez, y otra, hasta que el martillo golpeó repetidas veces las recámaras vacías del cilindro. Sus tímpanos silbaban de placer, aturdidos por las detonaciones. Había tres nuevos agujeros en la ventana, exactamente del mismo tamaño que los originales. Marvin se sonrió ampliamente. Vivía para esas coincidencias de la vida, que parecían ser lo único ordenado y con sentido en el mundo de caos. A la distancia, la ese del letrero de Movistar ya no se iluminaba: Movi-tar... Movi-tar... Al menos una bala dio en el blanco. Éxito.

Escuchó conmoción en el apartamento vecino y se apresuró. El revólver cayó al suelo haciendo un sonido sordo contra la madera, con toda la tradición familiar que eso suponía, el tambor aún ceceante, deseoso de más, como el alma de Marvin. Se encaramó la mochila, y salió del apartamento. Los vecinos algo le decían, asomando las necias cabezas por entre puertas y ventanas, pero las ignoró. Estaba sumergido en el abandono de su todo y su nada. Dinero, televisión, las llaves, los libros, las Aves de Paraíso, su vida. Ni temblor ni temor.

Oprimió el botón de salida y el portón eléctrico se abrió de chispazo. Salió a la noche fría de invierno, todavía joven, los vecinos observándolo como gárgolas por sobre el balcón. Los piedreros lo saludaron, como todos los días, y empezó a caminar.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Irá pasando

Creí que con rezarte
crecería mi devoción
Me di cuenta de la pedantería
de flotar sin pasión

Se me fue pasando
Se me fue pasando

Pensé que con luchar
ganaría tu fe
A una causa para muchos perdida,
y sin razón de ser

Se me fue pasando
Se me fue pasando

Hallé que en el abandono
hay un morboso interés
de los demás por ponerte al revéz

Se me va pasando
Ay, se fue andando

El rayo nos cegó
Acabamos lo que nunca comenzó

Con este trago resignado
ahogo lo que siento de abrumado
Te clavaste en mi pecho
¿Y ahora cómo te saco?

Ya no importa
Se me irá pasando
Ya iré sanando...

jueves, 8 de septiembre de 2016

Otro garabato

Caminante me vuelvo ignorante
Del entorno y las circunstancias
Bendita condición
De indiferencia a las distancias

Sordo a la bulla
Ciego al desorden
Mudo al llamado
Ruidos que asorden

Me absorbe la somnolencia
De mis pasos enderezados
Sometido a las reglas
De tanto hombre errado

Compuesta la balada
Te vas quedando sola
Rodeada de fantasmas
Pavonenado tu aureola
 
Y me parte un rayo
Revelando mi transparencia
No hay finales felices
Cuando se escribe a conciencia