Llegué a mi casa después de tomarme unas birras en mi lugar habitual. Bajo el alerón de la entrada al edificio de mi apartamento, duermen todas las noches unos muchachos y no tan muchachos que han estado en la calle toda su vida. No conocen un patio trasero donde buscar sapos, ni una ventana en la habitación por donde ver la calle del barrio, ni una puerta donde guindar la corona de Navidad (¿la gente sigue haciendo eso?). Pero en fin, ellos no necesariamente ven el vaso medio vacío. A veces pasan hambre y frío, pero siempre los veo vacilandose unos a otros ahí, medio cobijados entre sábanas requete usadas y pedazos de cartón que les dan en las bodegueras de Paseo Colón para calentarse de noche.
De estos personajes, a dos les hablo con regularidad. Gabriel y Miami. Gabriel va y viene. Se desaparece por algunos días y luego reaparece de nuevo una noche debajo del alero. Nunca se acuerda que nos conocemos, así que se sobresalta cada vez que los saludo de nombre. Miami sí tiene mejor memoria, y cada vez que llego a la casa luego del trabajo, ahí está, esperando ganarse algo de las personas que dejan el carro estacionado en Calle 22. Me saluda sonriendo y yo a él. Le pregunto "Qué Miami, ¿cómo va eso?" y siempre me contesta "Di compita, aquí siempre en la lucha, todo fluye, todo fluye..."
De vez en cuando tengo que bajar a la pulpería a la vuelta del edificio a comprar algo para cocinar o algún antojo nocturno diseñado para animales nocturnos como yo. Así pues, ayer me dí a la tarea de bajar un momento a comprar una barra de mantequilla para preparar una sanas verduras para mi cena y almuerzo del día siguiente (estoy substituyendo la proteína de la carne por cosas más saludables, no me juzguen, es la edad).
Yo ya he sido
testigo de algunos momentos de tensión bajo ese alero. Estos vecinos
pueden ser muy tranquilos, pero la calle es la calle, y Chepe de noche
no perdona. Una vez, vi cómo Gabriel ponía el cuerpo entre otro piedrero
y la acera, pues este visitante llevaba un punzón en la mano y se
prestaba a asaltar al primero que saliera del edificio. Gabriel no se lo
permitió, y le gritaba que dejara en paz a sus vecinos que tanto le
ayudaban y lo dejaban dormir bajo ese techito, como le dice él. La
escena fue complicada, principalmente porque dos agentes de la Fuerza
Pública pasaron a la par y siguieron de largo. Me imagino que para ellos
es más fácil dejarle al OIJ que levante un cuerpo a involucrarse en la
pelea entre dos muchachos de la calle. Malditos puercos.
En fin. Cuando salí del edificio, a mi derecha estaban Gabriel y Miami con algunos de sus amigos callejeros, en una especie de reunión algo seria. No estaban en el vacilón de siempre, ni estaban preparando las pipas y la piedra para dormir como angelitos esa noche. Uno de ellos se veía muy serio, tratando de decir algo que se le atoraba en el pecho. Miami levantó la cabeza y me saludó efusivamente desde su rinón, y yo lo saludé de vuelta. Compré mi mantequilla, y por qué no, pedí un paquete de cigarrillos Derby Suave, para invitar a mis compitas a un cigarro.
Llegando al portón del edificio, seguí recto y me acerqué a ellos, ahora visiblemente más afectados. Gabriel abrazaba a otro que lloraba en su hombro. Yo que no soy curioso ni metiche, no pregunté qué pasaba. Miami me vio acercarme y se incorporó, saludándome sin reparos. Yo lo saludé con efusividad y Gabriel y su amigo se separaron. Les ofrecí a los tres un cigarro, y los tres aceptaron, muy agradecidos en una noche fría de diciembre. Yo dejé de fumar, así que guardé el paquete en mi bolsillo trasero mientras conversábamos.
"Mucho gusto, Gerardo Ureña", me dijo el compa que lloraba con Gabriel, primero limpiándose la cara de lágrimas y mocos, segundo extendiendome la mano. Yo se la estreché y me presenté. "¿Qué le pasó Gerardo?"
"Leo, se me murió mi papá." Me dijo mientras le encendía su cigarro. Las manos le temblaban y la voz estaba totalmente quebrada. A pesar de su situación de desposesión material, era una persona más en una ciudad dónde ya a nadie le importa nadie, no importa de donde sos o a dónde vas. "Se cayó del bus cuando iba bajando con su silla de ruedas y se puso malito. Estuve con él en el hospital cuatro días, cuando me dejaban entrar. Usted se ve estudiado y trabajador, y usted sabe como lo tratan a uno por ser de la calle. Vengo de verlo en la funeraria del Magisterio." Y empezó a llorar de nuevo.
Yo lo abracé. Olía a calle. Tenía la piel como un pedazo de cartón, sucia y áspera al contacto. Iba algo peinado con algún aceite barato, seguro para honrar a su padre con una buena cabellera. "¿Cómo se llamaba su papá, Gerardo?" "Germán. Germán Ureña. Él era mi héroe, y ahora estoy sólo, aquí en la calle. Usted se ve conocedor Leo, le digo con sinceridad que no voy a ser el mismo de antes. Ya no sé qué voy a hacer. Me siento mal. Siento mi pecho partido en dos. Sinceramente Leo, me quiero morir".
Miami bajó la cabeza, empático. Se hizo un silencio y todos se me quedaron mirando. Y ahí me di cuenta, de que todos me vieron como un igual. Eso, viniendo de vividores de la calle, es decir mucho, porque no somos iguales. La sociedad nos hace diferentes, nos cría diferentes, y nos mata diferentes. Ayer me sentí de la calle, con ellos, bajo el alero del edificio de mi apartamento, que por un momento ya no era mío. Me senté con Gerardo, saqué los cigarros y volví a repartir otro para todos. "Qué putas", dije en voz alta, y encendí un cigarro para mí. Y fumamos, viendo Paseo Colón sumergido en el pesado tránsito de las fiestas. Estuvimos los cuatro en silencio, Gerardo, Gabriel, Miami y yo.
Acabé mi cigarro, me levanté, y le dije a Gerardo: "Vea viejo, yo no le voy a decir qué hacer. Entiendo que se quiera morir, yo me he querido morir también. Sentirse así es muy fácil, especialmente cuando las varas se ponen cuesta arriba. Pero de todas las cosas que su papá le enseñó, su héroe, estoy seguro que ninguna fue rendirse. Si no, no lo hubiera conocido hoy. No hay que sentirse bien para echar pa'lante. Gracias por dejarme fumar con usted Gerardo, voy a tenerlo en mis pensamientos, y a don Germán también. Que descanse en paz."
Gerardo me volvió a abrazar. Le regalé otro cigarro a todos, me despedí de Miami y Gabriel con un "se cuidan viejitos", a lo que Gabriel me contestó, como siempre preocupado: "¿Por qué, me va a pasar algo?". La puta paranoia de la calle. Subí a mi casa, me serví un whiskey y abrí una cerveza, y me jumé pensando en Gerardo y su papá Germán.