miércoles, 9 de noviembre de 2016

Bajo calibre




Acostado en su cama rememoró el día.

La mañana había comenzado soleada. Vio el amanecer, como de costumbre por su desvelo, a través de su amplia ventana departamental, que tiene tres agujeros de bala, probablemente de un arma pequeña de bajo calibre. Siempre habían estado ahí, observando desde el balcón la multitudinaria calle de Paseo Colón.

Sonó su innecesario despertador. Lo apagó y se incorporó, serio como un árbol de esos grandes y de expresiones longevas. Sentado en la cama vio como el rótulo neón de Movistar se encendía a la distancia, iniciando su ajetreado día de publicidad hipnótica. El sol terminó de asomarse sobre los edificios y palmeras que rodean el Parque Central, y con él Marvin puso sus descalzos pies sobre la madera de su cuarto. Levantarse era toda una sesión terapéutica donde la realidad lo atropellaba con todas sus fuerzas.

Se levantó, desnudo excepto por sus interiores, y caminó a la ventana. Saludó el día con un movimiento de dedos a través de la cortina transparente. Arregló su cama, acomodó su cuarto, nítido como siempre. En el baño se miró al espejo. No soportaba su reflejo, y sin embrago siempre lo contemplaba hasta el último detalle. Siempre despeinado, la barba descuidada, de contextura cadavérica, tez pálida y sin gracia, y con una mirada perdida y a la vez encontrada.

Se duchó con agua fría, escapando de las acogedoras sábanas. Se puso el traje laboral, acomodó el salveque sobre sus espaldas y salió de la casa, no sin antes trancar con doble llave puerta y portón, preguntándose como todos los días si las seis de la mañana es de verdad la mañana o todavía es madrugada. "Se siente como madrugada. Relativo, supongo", pensó al salir del complejo de Apartamentos Viena. Viajó en bus, bajó en la planta, marcó su llegada y puso manos a la obra.

Produjo la riqueza que a su jefe le correspondía por su título de patrón, sin quejas, absorto en la rutina de las máquinas que como él respondían a un orden superior, un creador desconocido. Tomó su almuerzo y un café a media tarde, cruzó palabras y sonrisas premeditadas, protocolarias. Subió al mismo bus, a la misma hora que todas las tardes. Hacía buena tarde, así que decidió no sintonizar su programa de radio favorito, que últimamente parecía transmitir todo lo que podría revolcarle la bilis. Caminó desde Calle 3 por la Av. Central de nuevo al apartamento.

Al llegar fumó un cigarrillo en el balcón, observando la hora pico de Paseo Colón. Un bus había perdido su retrovisor al golpear a un colega, y el estrés de los choferes era tan denso en el aire que se podía cortar con los dedos. En su calle 22 una patrulla de la Fuerza Pública cuestionaba e intimidaba a los mismos piedreros que se la fuman a la entrada del edificio, al caer la tarde y la noche (probablemente al salir el sol también). Entró al apartamento, oscurecido por la falta de sol que ahora agonizaba al otro lado de la ciudad.

Saludó a sus Aves del Paraíso con una amarga sonrisa, recordando mil cosas al mismo tiempo. Estaban adornadas de eucalipto y el olor se fundía con la quietud de la sala. Se puso su traje casero. La misma camiseta gris, el mismo pantalón corto. Puso a hervir agua para su té de menta mientras guardaba los platos secos. Al terminar se echó a la cama, y encendió otro cigarrillo a oscuras. Pasaron veinte minutos y recordó de sobresalto el agua al fuego para el té, pero para cuando llegó, ya estaba evaporada y el pichel al rojo vivo. Apagó el gas, ya sin interés de tomar nada, y regresó al cuarto. Otro cigarro, y las memorias ahí acaban. "Mañana será igual que hoy", pensó. Y pasado mañana, y el día siguiente. Y el fin de semana se ata al siguiente lunes, y así todo se repite.

El tiempo pasa, nada cambia, y ella sigue ausente, porque él quiso, porque lo pidió entre fantasmas y demonios. Afuera el mundo continúa, en esta calle, en este barrio que es el mundo, donde nada define al hombre más que la puta plata, el smartphone y la cochina foto de perfil. Encendió otro cigarro, ahora con hambre pero no la suficiente como para hacer algo al respecto. Cada chupada iluminaba un poco el cuarto, como una luciérnaga perdida.

Un leve olor a mota se coló por la ventana abierta (algún vecino, seguro), y activó ligeramente sus respectivos receptores mentales, más por mala costumbre que por verdadera afectación. Y así flotó en su habitación, oscura a excepción de las luces citadinas y las sirenas rojiazules de las patrullas y ambulancias que ocasionalmente pasaban por ahí. El letrero de Movistar se encendía, letra por letra, y luego intermitía dos veces, un patrón conocido por viejo y por malo, peor que el cuijen reencarnado. Quién sabe cuántas veces había visto ese letrero seguir su rutina hasta apagarse por completo, cuando es más oscuro antes de que salga el sol.

Maldito mundo insensato. Apestosa rutina cotidiana. Pensó en las Aves de Paraíso, y que le gustaría que se lo llevaran volando a donde fuese, donde hubiese más flores, donde se evite el trajín de la vida.

Movistar... Movistar... Movistar...

Las letras penetraban sus inmóviles ojos, agotando su paciencia. Las luces parecían querer dominarlo. Otro cigarro. La luz neón se comportaba como una intrusa en su espacio, en su cuerpo. Entraba y salía a través de la ventana, ininterrumpidamente.

Movistar… Movistar…

"Ni mierda". Tiró el cigarro al suelo de la habitación, a medio fumar. Se puso su ropa de escape; unos jeans viejos, camisa con cuello de tortuga, abrigada, botas de tobillo recién compradas en descuento. Preparó una mochila con lo necesario -o lo que creyó necesario, no importaba mucho-. Se puso una gorra negra de años, que decía Café de Costa Rica y una jacket de mezclilla fuerte, tan fuerte como su voluntad acababa de dispararse. "Dispararse...". Todo estaba claro como el letrero. Abrió su closet, tiró al suelo lo que le estorbaba complicando el sagrado silencio de su templo privado, y encontró lo que buscaba. Su padre se la había dado. Perteneció primero al abuelo. ¿Cuántos años sin cargarse?

Localizó tres balas sueltas dentro del sobre de manila que guardó el imperturbable revólver por años. El olor a metal se colaba por sus narices, drogándolo de adrenalina. Su cerebro se despertó, parecía querer arrancarse de su cuello y andar por sí solo. El acero frío del arma se sentía bien en su piel. Sus manos recordaron inmediatamente las instrucciones de su padre, dadas hace lo que parecían añales perdidos en el fondo de un baúl. Desenroscó el cañón, abrió el tambor giratorio y empujó las balas en su lugar, una por una, ansioso y resuelto. Repitió el proceso viceversa e hizo girar el tambor como una ruleta, jugando. Volvió a girar el tambor, esta vez dejando una bala tras otra, listas. Levantó la zurda, arma en mano. Midió su pulso. Estable, tranquilo. Apuntó, sin temblor ni temor, y disparó.

Por un momento, todo se detuvo. Sólo un momento. No hubo otro sonido más que el eco percutor del disparo contra las paredes de la habitación. El olor a pólvora era excitante, liberador.

Marvin disparó otra vez, y otra, hasta que el martillo golpeó repetidas veces las recámaras vacías del cilindro. Sus tímpanos silbaban de placer, aturdidos por las detonaciones. Había tres nuevos agujeros en la ventana, exactamente del mismo tamaño que los originales. Marvin se sonrió ampliamente. Vivía para esas coincidencias de la vida, que parecían ser lo único ordenado y con sentido en el mundo de caos. A la distancia, la ese del letrero de Movistar ya no se iluminaba: Movi-tar... Movi-tar... Al menos una bala dio en el blanco. Éxito.

Escuchó conmoción en el apartamento vecino y se apresuró. El revólver cayó al suelo haciendo un sonido sordo contra la madera, con toda la tradición familiar que eso suponía, el tambor aún ceceante, deseoso de más, como el alma de Marvin. Se encaramó la mochila, y salió del apartamento. Los vecinos algo le decían, asomando las necias cabezas por entre puertas y ventanas, pero las ignoró. Estaba sumergido en el abandono de su todo y su nada. Dinero, televisión, las llaves, los libros, las Aves de Paraíso, su vida. Ni temblor ni temor.

Oprimió el botón de salida y el portón eléctrico se abrió de chispazo. Salió a la noche fría de invierno, todavía joven, los vecinos observándolo como gárgolas por sobre el balcón. Los piedreros lo saludaron, como todos los días, y empezó a caminar.

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