lunes, 28 de noviembre de 2016

Me encontré

La mayoría del tiempo estoy hablando conmigo mismo,
soñando despierto.
Me encuentro rodeado de gente que espera con ansiedad que responda,
y muy delicadamente escojo mis palabras,
tratando de relajarme y terminar de convencerme
de que la sinceridad enamora,
se agradece,
hasta divierte.
No toda la sinceridad, sino la sinceridad censurada.
Casi mejor decir lo que sí queremos decir, como sin querer admitirlo.

Y así zafamos y espantamos a la mayoría de nuestras intervenciones cotidianas...
al menos los que vivimos obsesionados con que nuestro entretenimiento
reciba su debida atención.
Los ojos clavados en nuestra cara esperando reacción,
ojalá inmediata, inesperada.

Sigo soñando,
levanto la mirada para abrir la boca y comenzar,
con mi humilde elocuencia,
la mejor manera de retorcer las frases y recibir un buen visto.
Y cuando termino, estoy sentado,
solo,
nadie me escuchó. El momento se perdió.
La conversación, absolutamente presente en mi cerebro
      hace unos segundos,
se esfuma por mis orejas y mi nariz y mis ojos.
Ya no soy el que quería ser para ese momento,
me estanqué de nuevo en la realidad,
y una chispa de genialidad se la llevo el viento.

Podría considerar un rato que pueda existir otro yo.
Mi yang, o mi ying.
Cualquiera de los dos, ¡sorpréndanme!
Ambos nos necesitamos.
Uno para escuchar y otro para ser escuchado.
Uno para odiar y el otro para ser odiado.
Uno depredador, el otro agasapado.
Uno guapo, el otro medio apagado.

¿Qué puedo hacer yo por este o el otro yo?
Por más fuerte que se agita el espíritu, más débil se queda,
y no todos somos tan macizos.

No podemos evadir esa única realidad:
el espíritu solo se libera con la mente.
      O la muerte.

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