Me vierto.
Mi escritura es explosiva por
la cobardía de no tolerar las vocecitas en
mi cabeza, como recipiente séptico en
mantenimiento, que si no se trata, deviene
el caos más desastroso.
Me callo.
El silencio es mi pareja más leal,
que me traiciona cuando lo merezco
para sarandear mi voluntad.
Me veo.
Mi reflejo no me soporta,
y yo a él tampoco.
Despeinado, descuidada la barba,
calavérico, pálido, sin gracia.
Pero qué mirada, profundamente perdida
y a la vez encontrada.
Me muero.
Yo ya viví,
que mi espacio y mi aire lo aprovechen otros.
¡Qué vértigo el olvido! Qué vacío es el fin.
Pero pleno viví, sin un aliento al desperdicio,
sin una vana sonrisa, o una merecida bofetada.
Ya viví, feliz y triste, viví,
que es como debe ser.
Yo luché.
Contra las injusticias y violaciones de este mundo,
por los indefensos con hambre,
y con las mujeres oprimidas,
yo luché.
Que esto no se me reproche,
si los camaradas se raspan para revelar
un hipócrita mojigato, envenedado por su falta de injerencia.
Pero yo luché.