Iba con prisa, su bus estaba pronto a partir sin ella. Estaba a 50 metros de la parada y aún así su abandono era inminente. Decidió trotar las últimas zancadas para asegurarse de no tener que esperar el siguiente transporte. Yo iba tranquilo pues habían personas esperando el mismo bus y aún no era la hora, pero ella quería ser precavida. Me rebasó dejando su fragancia a shampoo de coco taladrada en mi frente. Era muy bella, la primera vez que la veía por aquí. Al girar la esquina, una buseta pasó llena de machitos que comenzaron a lanzar los peores improperios -piropos, les dicen los sinvergüenzas- a la rizada joven. Vi su rostro cuando quedo su perfil frente a mi... no pudo evitar que el dolor se apareciera en sus ojos, las comisuras de la boca, su ligeramente fruncido ceño, su cabeza baja, como quien no tolera la vergüenza. La buseta incluso tuvo el descaro de bajar la velocidad, y el chofer le silbó tan estridente y vulgarmente que sus pasajeros debieron detener sus cochinos alaridos para explotar de la risa, y siguieron su rumbo, sintiéndose satisfechos. Ahora ella dejó de trotar, herida, se sentía tocada, sucia, culpable sin saber por qué. Sujetaba su bolso marrón con fuerza bajo el brazo y con sus dos manos como si alguien amenazara con arrebatarselo de sus pálidos dedos. Se sonrojó, por ira, vergüenza, miedo, qué sé yo. Siguió andando los últimos metros hasta la parada, con el bus aún abordando, sumergida en un mar de sentimientos de enojo y dolor y confusión de la que era víctima todos los malditos días.
Encontró sentada a quien parecía ser una amiga, y como emergiendo del agua luego de un frío chapuzón, reaccionó a su caluroso saludo. Su amiga parecía estar pronta a parir, su barriga daba la impresión de no tolerar ni una patadita de la criatura, y su ombligo se asomaba tiernamente bajo la blusa. Se besaron dos veces, se abrazaron. La joven rizada se acuclilló y con una total transformación en su rostro, recostó su cabeza en la barriga de su amiga, ambas sumergidas en un mar de calma, ternura, amor, en acompañada soledad. Quién sabe cuantas veces su panzona amiga pasó por un dolor agudo como ese. A quién acudir ante tal sufrimiento si no hacia el género oprimido, hacia la compañera agredida, ¿la mujer solitaria? ''Maldita sea'' pensé yo, cuando no logré entender este asco de mundo que a veces se vuelve hermoso asomando el ojo del huracán. Pasé de nuevo a su lado, respirando de nuevo ese querido aroma a shampoo de coco, amargo por mucho sol, y mi cómplice silencio.
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