Estábamos en una cancha de fútbol, solo que no era de fútbol. Eramos pocos, tal vez tres o cinco por equipo. De niño tampoco lo recordé muy bien. Los uniformes eran todos iguales, o todos distintos. Las graderías eran altas, muy altas, y estaban llenas de cientos de miles de fanáticos con gritos ensordecedores. Pero estábamos tan concentrados en el juego que no les poníamos atención. Nos veíamos torpes, como si fuera la primera vez que practicábamos el deporte. Todos íbamos en moto. Sí, una motocicleta grande, difícil de volcar, pesada, veloz y potente.
Acelerábamos imprudentemente por la cancha levantando pelotas de tierra y zacate que quedaban atrapadas en la llanta trasera. El guardameta -que no guardaba ninguna meta-, mientras, esperaba de pie, tranquilamente, sobre un poste alto, manteniendo hábilmente el equilibrio con sus manos a los lados, sus palmas contra las piernas, erguido como un árbol. El deporte no parecía tener algún fin en particular.
Le conté a mi abuela el sueño y le pareció tan simpático que ese mismo año en Navidad me regaló su primer poemario llamado Mis Estancias con una dedicatoria en la primera página: un poema con su versión de mi sueño, relatando el divertido deporte. Mi abuela -Agüi, como siempre la hemos llamado de cariño-, suele tener ese especial detalle con sus nietos: aprovecha el talento que tiene con la pluma y nos anima a continuar viviendo todas esas locuras. Tanto, que su segunda publicación fue un libro de cuentos para niñas y niños inspirado en nuestras historias de la escuela, el patio de juegos, sueños que teníamos -dormidos o despiertos- y conversaciones con adultos.
Pasaron los años hasta los últimos meses del 2013 cuando, perdiendo el tiempo en el vasto universo del internet, me encontré una antigua fotografía que me hizo reír a carcajadas...
Mira Leonel: inventemos sueño.
Soñemos un juego de pelota, donde los jugadores van en moto;
y los motociclistas,
¡como locos
corren de un lado al otro de la pista!
Tal vez pueden ser seis, o mejor
son dos por cada equipo. En lo alto,
en el medio del marco, está el portero,
parado sobre un poste, muy, muy quieto,
esperando tranquilo a que lo boten.
Ya verás cómo es que es. Pues gana el juego,
el primero que bote al portero.
¿Por qué se llama juego de pelota?
Y... ¿dónde está la bola?
Si lo estamos soñando, eso, ¿qué importa?
Ana Piza, 1995.
Así que ya saben, los sueños pueden hacerse realidad. Incluso algunos muy locos...


No hay comentarios:
Publicar un comentario