Estaba leyendo Unamuno y me terminé preguntando por qué escribimos. Cada vez que abro el libro, pienso en todo lo que hay que leer y el poco tiempo para hacerlo... y me siento vago, golozo. Bueno, no es tan grave esta vez: los sábados son de esparcimiento y este libro también.
¿De qué nos sirve escribir? Muchos no seremos tan buenos como ese académico, ni como cualquier otro holgazán escritor de best sellers. Mi experiencia, por ejemplo, se empoza en el ineludible efecto de la fiebre por el activismo estudiantil, la universidad y mi legendaria impaciencia por querer ser y hacer todo en un sólo movimiento, entre alguno que otro hobbie más. No creo reunir los requisitos.
Mi deformación académica me ha enseñado que a los seres humanos nos encanta prohibir más que educar, ¡nos encanta! Si no, que lo digan en la escuela de leyes. Durante años hemos desarrollado una ciencia que gira en torno a sostener antiguas prohibiciones y crear nuevas para las generaciones venideras. Y paga bien, irónicamente. A pesar de que hay muchos abogados y todos son iguales, no falta la paga. Para el que tiene trabajo, lógico. El que no, está fregado, y quizá me entienda un poco mejor. ¿Quién podría escribir sobre algo tan trágico?
Obviamente no tengo idea de por qué me gusta escribir. Imagino que debe ser la sed constante por renovar el pensamiento. Si los pensamientos y opiniones no se renuevan con el paso de los tiempos, inevitablemente se desgastan y mueren, pasan a mejor vida, al mundo platónico de las ideas.
Por otro lado, autores como Unamuno me inspiran miedo y admiración. Personas así, conozco tal vez a una, profesor de la facultad. Loco, espeluznantemente loco. Tal vez el mejor profesor de derecho y filosofía que la Universidad a tenido después de Pedro Habba. Puede ser tan bueno como Habba. Y el maldito lo sabe y se encarga de que no se le olvide a sus estudiantes. Un curso no apto para cardíacos.
Los críticos de Unamuno lo caracterizan como un pensador literario totalmente egotista. Y en mi ignorancia, no entendía cual era la diferencia entre el egotista y el egoísta. Así que busqué en la enciclopedia SALVAT lo que significaba:
Afán desmesurado de hablar de sí mismo >> Sentimiento exagerado de la propia personalidad.
¿No es lo mismo que un narcisista introvertido? Tal vez, sólo tal vez, consideren la forma en que Unamuno lo interpreta. Es su obligación moral educar; no me refiero necesariamente a educar en las aulas, que ya de por sí lo hacía, sino a educar corazones, por medio del suyo, en pensamiento y en acciones. Sin desmesuraciones. Con equilibrio, con sinceridad. Eso lo hacía un gran escritor, un gran educador. Y si él con su personalidad, es capaz de transmitir cosas buenas a los demás, entonces el egotismo pasa de ser una crítica negativa a un cumplido bonito, según considera el autor.
Siendo sincero conmigo mismo, mi narcisisita introvertido es tan engañado que piensa que tiene gran capacidad para educar. La ignorancia no sólo es atrevida, sino también una bendición; por eso la inteligencia y el conocimiento deberían doler. No el conocimiento parcializado y fanatista. Ese contribuye, no lo niego. Hasta cierto punto no he dejado de ser un predicador más de algunos autores renombrados. Pero para otros lectores, se vuelve engorroso, aburrido y pesado. Me refiero a la inteligencia creativa, la que ve paradojas en los lugares más comunes, la que renueva el pensamiento y lo refresca para los contemporáneos, la que sabe reconocer sus equivocaciones humanas y con sabiduría puede cambiar de opinión, que no es lo mismo que cambiar de ideas.
Me autoproclamo egotista, si es necesario, lejos de querer convertirme en un inmoderado y excesivo ególatra, atento sola y desmedidamente de mi propio interés, sin cuidar de los intereses de los demás.
El momento climax de mi tarde achocolatada se está manifestando. Ese brownie estaba poderoso. Me voy de viaje a otras dimensiones. Fue un gusto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario